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por Anna Rosell Bultó
En la época de nuestras madres había dos tipos de bebés; los llorones y los “buenos”. Los llorones normalmente dormían mal y comían mal. Al contrario de los “buenos” que eran tranquilos y además comían y dormían toda la noche… una auténtica maravilla para las madres.
Hubo una vez un bebé llorón que ante la imposibilidad de digerir el
alimento que le daba su madre, fue llevado al médico. El médico resultó
ser Viola Frymann, neuropediatra. El bebé murió por deshidratación y
desnutrición a causa de los vómitos que la medicina del momento no
consiguió parar. Viola sintió la tristeza y la impotencia suficientes
como para dedicar su vida profesional a estudiar y encontrar las causas
del vómito en el lactante.
De sus estudios y dedicación nació un protocolo a seguir de tratamiento
osteopático en pediatría y entre muchos otros, el tratamiento para el
cólico del lactante que aportó y sigue aportando solución a esta
disfunción tan habitual y delicada.
Un bebé no llora porque si. Siempre hay una causa.
Una madre primeriza es capaz de diferenciar el tipo de llanto de su hijo. No necesita ningún manual ni aprendizaje previo. Las feromonas que desprende al olor de la cabeza de su bebé producen la
secreción inmediata de oxitocina por parte de la madre. Oxitocina que
le vincula a él y que se convierte en el código de comunicación mas
genuino y mas certero para adivinar cuando el bebé no está bien y
necesita un cuidado determinado.
Es ingenuo escudarse en la idea de que el bebé tiene mal carácter o que llora para llamar la atención sin más. Antes de los tres meses el sistema nervioso del bebé no ha hecho aún
las conexiones necesarias para con su voluntad manipular su entorno,
concretmente a su madre.
El cólico del lactante es una alteración multifactorial. Por parte de
la medicina osteopática, su diagnóstico, requiere un estudio específico
del cráneo del recien nacido en su totalidad, haciendo especial
atención a las estructuras óseas que conforman la base del cráneo. El
hueso occipital, para poner un ejemplo, en el momento del parto está
compuesto por cuatro huesos que deberán encajar para formar un hueso
único.
Los elementos de unión de los huesos de la base del cráneo conforman
una obra de ingenieria perfecta donde el equilibrio de presiones entre
las superficies óseas y las partes blandas deberá permitir la correcta
estructuración de los diferentes orificios y canales por donde va a
transitar todo el tejido neurológico.
En el mecanismo del parto, las presiones que recibe el cráneo del feto
durante su descenso por el canal del parto son múltiples. Suponen un
estrés traumático para el sistema de unión entre los huesos. Sistema
de unión del que se organizará el conjunto biomecánico con la
formación de las suturas ineterarticulares que asegurarán la
micromobilidad de los huesos del craneo.
La
fisiología lo tiene todo calculado y naturalmente las estructuras óseas
del cráneo del feto estan constituídas de tal forma que puedan
deformarse y solaparse para conseguir el diámetro adecuado que facilite
el descenso por el canal del parto. Así como absorver las presiones que
recibirá de las contracciones uterinas y perineales en el proceso de
dilatación y borramiento del cuello uterino hasta el encaje entre el
pubis y coxis materno.
Llegado al final del trayecto y ya a punto de salir al mundo exterior,
al craneo fetal aún le queda un último y costoso esfuerzo. Encontrar el
diámetro más pequeño dependiendo de la posición de encaje, del tipo de
presentación escojida.
Hay una gran variedad de presentaciones. Las más conocidas son
únicamente dos: la de nalgas y la cefálica. Pero dentro de esta
clasificación “general” hay un gran número de variables: de cara,
bregmática, occipital, de frente…y además se puede añadir a cada una,
otras muchas precisiones.
Dependiendo de la presentación, del tipo de pelvis de la madre y del
proceso de parto en si, será necesaria una actuación diferente por
parte del personal sanitario que atienda el parto. Como es bien sabido,
no hay parto fácil, pero el grado de dificultad tendrá mucho que ver
con las características específicas de cada alumbramiento.
Podemos hacernos una idea, de que con todos los ajustes necesarios por
parte del feto, de la madre y del personal que atiende el parto, no es
difícil imaginar que pueda darse alguna que otra alteración en la
biomecánica craneal del recién nacido.
El nervio neumogástrico y el nervio glosofaríngeo son nervios que
participan en la regulación de la función digestiva y del buen
funcionamiento de la lengua. Deben pasar por un orificio concreto que
se encuentra en la base del cráneo (agujero rasgado posterior). Tal
orificio está en la unión del hueso occipital y el hueso esfenoides.
Esta parte del cráneo está sometida a gran presión durante el momento
de salida de la cabeza del bebé. Los dos huesos forman una articulación
(sinfisis esfeno basilar) y con el traumatismo de expulsión puede
quedar comprimida temporalmente o de forma más persistente,
dificultando así el buen funcionamiento neurológico de los nervios
implicados.
Estamos delante de un cólico del lactante aislado que puede ir acompañado de dificultad de succión.
La practica osteopática en este caso tendrá como objetivo analizar las
presiones concretas a las que ha estado sometido el cráneo del bebé .
En base al diagnóstico diferencial establecido, actuar para facilitar
el paso del tejido neurológico tratando las partes óseas y articulares
que lo dificultaban.
El tratamiento osteopático se basa en maniobras manuales muy suaves,
aplicadas en el cráneo del bebé, con las que se detectará el tejido
dañado y se tratará con una suave presión hasta conseguir el cambio
tisular que favorecerá la función neurológica. Se realizarán varias
sesiones, dependiendo de cada caso, hasta la remisión de los síntomas.
Anna Rosell Bultó es madre y osteópata especializada en pediatría y ginecología.
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